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La ciudad de los soles nocturnos

Viernes, 02 de enero de 2009

Lamentos

 

A 15 años del despertar de la magia



       

No se que saldrá de la vida en caligrafía

como un cristal en mil ventanas de colores

siempre hay una flauta que se cautiva

con el azul y el rojo de la naturaleza,

los seres alados que nos recuerdan a la tierra

y los gusanos, las serpientes que nos encantan con el cielo,

así el amor que en abstracto se erosiona

al lejano clamor de las miserias y las rebeldes notas

asumidas en un grito de esperanza muerta.

Los indios igual que yo, están libando,

ellos de la sabia lechosa de la selva al compás de las cigarras

yo al ritmo de una cerveza, de la kena, el teponaztli,

la charanga, el huéhuetl, y la hermética mirada,

los vientos fríos de la meseta apuntando hacia el alma

los sonoros coloridos de las nubes rasgando el cielo;

el alcohol de la chicha fermentada ya se muele con las hojas

y los árboles del descontento asoman su misterio.

Allí estamos, desde hace siglos, esperando, catando

a la espera silenciosa de las flores en guerra

en medio de la tormenta de grillos y luciérnagas;

a la espera de las mariposas que se gestan al calor del silencio

como palabras tejidas en el manto de la nada,

descubriendo paisajes donde el infinito se desdobla

y la nada misma se repite en el bordado callado de esperanza,

atisbos de viajes sin vehículos terrestres en medio del vacío

como reflejo de lo que hemos sido antes del tiempo de los otros,

aquellos que en semejanza nos miraban como extraños

y no entendían el callado batir de la alegría con las alas

silenciosas y veloces de un ser diminuto nacido entre las rosas.

 

A través del universo viajo, a través de dos ojos que observan

sin celo ni dolo, con extrema medida de las cosas,

como lágrimas de un cristal resinoso que no se trasparentan

en una vacua mirada de abandono, me regresa a mi conciencia

aquella que perdí hace veinte años y una niña silenciosa

en sus dulce pasos de un fastidio secular olvidados

en esa indiferencia por las cosas, se traslucía en el prisma de sueños,

el consumo clásico del mercado de un Kanek fantasma,

analfabeta, con gritos de una música rebelde para todos

ellos incomprensible, para mí, la parte urbana que me retrata

la misma que me dirigió en su momento a Machado, Martí

y sobre todo a Roque Dalton, un poeta muerto por las balas

pesadas del ladino que como en otras ocasiones se disfrazaba

de un ser blanco que no entendía de hambre, paz o ignorancia

sobre la esencia de las cosas.

Religiones impuestas para el humo del copal y los cerros de estrellas

majestuosas como el manto florido de Coatlicue o Tonantzin,

entre los silencios ahogados del asombro; otra mirada acuosa

rescatada en el fondo del iris de la historia, el espíritu,

la vida florida de las garzas en el valle del conejo y las piraguas,

en aquellos canales donde la red no se había roto, o perforado

por las mentiras impuestas de otros dioses que escupían muerte,

pecados y aforismos en latín o castellano, el mismo lenguaje

que como pirámides de la luna se sobreponían al canto

prodigioso del abuelo en su bastón, regaba lluvia de flores

la amistad del hombre por el hombre y la sensación

de que la vida era limitada hasta que la muerte llegara

y que de todos modos no siempre fue nuestro,

fuimos pasajeros, jardineros para los visitantes del mañana.

 

Arriba, el cielo, los diamantes, la sicodelia en retrospectiva

el viaje en hongo enfundados en mezclilla y piojos

los pelos largos diferentes al cabello matoso de los padres

como sinónimo de vida, enfundado en otros grafos o fonemas,

que así como nosotros perdieron su especial mención

en el profundo significado de las cosas,

el templar de caña y moscos para la caza de los dioses

convertidos en otras variedades de pescados, peces muertos

o que se yo, guarasapos, matatenas, piedras que anuncian el futuro,

mensaje descubiertos debajo de las piedras , arañas ponzoñosas,

pájaros de fuego y colas largas en el camino de la magia

otra vez el bello colorido por la selva ya extinguida

con todos los pecados ancestrales de los hombres.

 

1 de enero 2009

Por: Modesto Herrera González | Poesía | Comentarios (0) | Referencias (0)

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