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La ciudad de los soles nocturnos

Martes, 24 de junio de 2008

Llueve

 

 

Cuando llueve en vez de tristeza recuerdo con cariño otros momentos en que el calor que asfixiaba la rutina en los días sin deseos insatisfechos era ahogado por el lamento de las nubes.

Nostalgia ahora empañada con sonrisas no por las lágrimas del cielo sino por aquellos tiempos en que el sexo era conjugado con el amor platónico, la ilusión de verla alguna vez entre mis brazos, la pasión por la clases de Física e Historia, los juegos de temporada, las primeras visitas al café de la Parroquia los bailes cursis de las debutantes, los paseos alrededor del círculo caminando en sentido contrario a las manecillas de un reloj estacionario, las noches del domingo cuando no eran tediosas y los rostros de muchachas con fingida indiferencia que se sabían mirados y admirados por nosotros.

Yo ilusionado, esperaba con ansias unos ojos color miel y sin saber por qué, mi corazón latía más rápido que en otras ocasiones, cuando a lo lejos veía llegar a la muchacha que me hizo amar la lluvia la plaza de armas, el edificio de mi escuela, las clases de Química y la canción de Payasito, Nunca mi amor y los Románticos de Cuba, en esas noches de verano en el nuevo malecón donde los amigos hablaban de mujeres, de autos, de películas, de viajes al Distrito Federal y los sueños de ser doctores o ingenieros.

Se acurrucaban los recuerdos de los días en que no importaba el dinero solamente, aunque era necesario para entrar al cine, tomarse una refresco o una cerveza, a las doce treinta en los Portales, o comprarse un pantalón para asistir al baile, también era importante aprender un par de pasos cuando por la calle principal se caminaba o en las fiestas escondidas se bailaba; irse de excursión al río Atoyac, viajar en tren a las 6 de la mañana mojarse dentro de la casa de campaña, hacer la junta del clan de Rovers con pantalones cortos en un lugar del centro, en que nos vieran todos.

Sentir la lluvia me ubicaba con una sonrisa entre mis ojos, en el mismo escenario de hace años la felicidad de atravesar con dignidad y algunos momentos de inconciencia, de dolor y mucho amor y desamor, aquellos días de adolescente en que el mundo lo atrapaba en un puño y el sol cabía en mi bolsillo.

 

El ver caer la lluvia me hizo pensar en aquella muchacha hoy casi abuela, me regresó a las lunadas en la playa, el paseo en el auto de algún amigo por un boulevard amarizado, escuchando el primer disco de los Beatles y para los amigos mayores y románticos un disco del trío de los Panchos.

La lluvia no siempre es nostálgica, ni triste, ni moja la ciudad de las ausencias, no baña solamente la acera de las penas...

También riega el páramo olvidado de los recuerdos dulces.

 

 

 

Por: Modesto Herrera González | Poesía | Comentarios (0) | Referencias (0)

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