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La ciudad de los soles nocturnos

Martes, 03 de junio de 2008

Mi cuaderno

 

Como una pintura nos iremos borrando.

Como una flor nos hemos de secar sobre la tierra.

Cual ropaje de plumas de quetzal, del zacuán, del azulejo,

Iremos pereciendo, iremos a su casa.

Netzahualcóyotl

 



  (A mi hija Luciana)

 

 

Me leo repetidamente en el cuaderno de mis emociones

y de mis sentimientos,

en una parte del principio, la memoria las registra

donde los días pertenecían amorosamente

a cada estación ahora sin nombre

y perdiendo identidad cuando en verano está el invierno

y este llega en primavera.

 

En el cuaderno de notas que guardan celosamente mis recuerdos,

se asoman algunas frases que anoté mientras leía 

algunos escritores sabios

y otros menos sabios pero muy inteligentes,

que la nostalgia es una manera de estar muerto sin morir del todo

 y la tristeza de amores es un pecado

cuando otros sufren por menos que un pedazo de pan

para llevarlo a la boca de sus hijos.

 

Y yo,

aquí solo,

releyendo alguna línea que despierte de alguna forma

esta soledad que no es poética pero si empecinada

en no salir sin que se pierdan muchas hojas de mi vida.

 

Ya son lejanos los  días en que el sentir sus besos,

o escucharla,

el corazón se despeñaba en una loca carrera

hacia el momento de estar juntos,

lejos del cuerpo limitante

y trascender en las  caricias que mas allá del sexo

me invitaban a viajar a través del alma enamorada.

 

Mi cuaderno que en realidad es libro

por el tamaño de las notas,

ahora está rodeado de palabras

que son una larga fila de fantasmas.

 

Fantasmas que aparecen cuando menos los espero

y mis amigos al leerme me cuestionan

por qué es que emergen siempre en la parte de mis versos

en que regresan los recuerdos de dos o tres historias

que se fueron dibujando en el olvido y con la ausencia.

 

Es cierto que Unamuno dijo que para ser maduro,

se le exige al ser humano que sea justo

y pueda ser feliz y por lo tanto me falta mucho recorrido

y  en el camino, solo el recuerdo de aquellos días

jugando con cometas o sintiendo que la cama en que la amaba,

era todo el universo, puedo afirmar que la ignorancia

o el descuido por mi pesar y los pesares de los otros,

me provocaban a medias la parte necesaria que exigía el escritor,

el filósofo, para ser posiblemente un hombre sabio.

 

Ser justo es cuestión de recoger las propias huellas

que un día otro poeta,

escribiría que era mejor borrarlas,

pero esas señales van marcando en parte

a la experiencia que se cuelga en la  mirada.

 

Mi cuaderno, al repasar su contenido,

me invita a recordar que no está todo escrito

y que también es una parte atómica,

una molécula de agua

en este gran río que es la vida

y que solo es uno más

de los que pueden llegar hacia el océano.


De igual forma, el mar con sus misterios transparentes,

han sido vistos por mis ojos al lado de tres historias

que escribieron mi pasado

y determinan un futuro incierto

pero de igual forma, silencioso,

a veces sabio

y con la fortuna de sentir haber amado.

 

Porque el amor no es aquello que se toma,

sino aquello que se brinda

y se deja en el camino,

no importa a quien o cuando, o cuanto,

es la sensación de haber viajado a las estrellas,

cruzar calzadas en que la magia te esperaba

y ser responsable de ese sentimiento

al compartirlo con aquellos que vivían en penumbras,

salpicarlos como la vieja regadera del abuelo

cuando en mañanas tibias  o tardes frescas de verano,

regaba el jardín de margaritas para que estas

por el solo hecho de ser flores,

pudieran alegrar la vista y el espíritu del viejo.

 

Que tarde comprendí lo que el viejo abuelo de Texcoco,

nos decía con la frase, que la lluvia es necesaria para el alma

como importante es también para un jardín de flores.

 

Mi  cuaderno de notas, ahora un libro al paso de los años,

aún tiene hojas blancas que me esperan

para poder inscribir algunos versos

o reflexiones

o pensamientos de otros hermanos,

o la mirada de mi hija apuntando hacia el futuro,

cargada de esperanzas,

mientras la Tierra, Gaia, nuestra madre,

a veces llora por que el cielo se le viene encima

y el sol se apodera de las nieves

y el sol se apodera de las lluvias

y seca lugares antes floridos

o hace llover de más en otras partes

y por lo mismo derrite al corazón helado de los polos;

aunque la madre sabe que no es el sol su esposo,

sino sus hijos, parte de ellos

que han provocado el descontento de su padre.

 

Esa mirada que se asoma a la ventana de una virtual naturaleza

repleta de colores y de pájaros, con ánimo de ser parte algún día,

la solución para estos males, exige también del padre que la guíe

por las estrellas, o el camino de piedras hacia el jardín secreto,

antes poblado de sílfides y hadas, duendes traviesos, espíritus

del bosque, ondinas seductoras, juguetonas mientras el mar

y las gaviotas la acompañan.

 

Hay muchas hojas blancas sin máculas que aguardan

y no es cuestión de llorar por los amores,

es cierto que el recuerdo de los besos,

los muslos deteniendo la magia del encanto,

de otra forma el sexo mágico, más allá de los placeres de la carne,

tuvo su tiempo y también sus notas.

 

 

 

Por: Modesto Herrera González | Poesía | Comentarios (0) | Referencias (0)

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