Martes, 30 de octubre de 2007
Tuve que "subir" nuevamente al principal este artículo, debido a la fecha, y como un homenaje a mis muertos: Eugenia Vicencio, Luciano Herrera, Roberto Vivanco, Artemio el seminarista-guerrillero, Raúl G. Felipe Z, mis padres, mis tíos todos ellos, algunos amigos, Judith mi cuñada, etc.
Y me gustaría cantar como dice Silvio Rodriguez ."... soy feliz soy un hombre feliz y quiero que me perdonen, por este día, los muertos de mi felicidad..."
A Milagros...
Los otros que no son si yo no existo,...
(Piedra de Sol)
El día de muertos es una fecha que tenemos enraizada los mexicanos, de una forma más que esotérica o mística; mágica y poética.
Pero los muertos no sólo son los que pasan a otro estado existencial. También lloramos algunas muertes en vida de ellos, y otras que tienen que ver con los impulsos de vida y energía que transmitimos a una relación.
Es como si al hablar de ellos en realidad habláramos con ellos (en vida), cohabitando con nosotros, dentro de nosotros, en nuestros pensamientos. Su espíritu, en algún momento se ha quedado detenido entre las paredes de una habitación que si bien determinan el espacio físico, paradójicamente albergan las vivencias que como cuerpo negro en una caja de resonancia, siguen oscilando de la tristeza a la soledad, de la alegría a la plenitud de la vida, en medio de la obligada ceremonia del olvido y las clásicas oraciones de la ausencia.
Si un libro nos representara a todos los mexicanos (en nuestro multiforme colorido de mosaicos indistintos del espacio-tiempo, crisol de muchos futuros y presentes, como pasado común olvidado por las aplastantes verdades de la cultura occidental disfrazada en este suelo) sería “Pedro Páramo” y entonces, “Comala” es el espacio en el cual a pesar de la “modernidad” (?) nos desplazamos, rodeado y habitado por seres vivos y muertos, o en fin, seres que se han detenido permanentemente olvidándose del amor, el odio, seres que hacen del pasado su lugar común en el tiempo.
Sentimientos apegados a esta realidad y a la vez despoblados de ideas o pensamientos abstractos que los vieron nacer, encarnados los recuerdos en todos los seres que apenas si nos detuvimos para identificarlos en momentos de dicha.
Seres objetos (llantos de objetos) que en cada giro de este inmenso carrusel de feria el cual nos participa la vida, mareados y dormidos, salimos de él para pasar a otro ciclo que no nos puede dar la oportunidad de que arrase el olvido y la memoria.
Somos seres nuevos después de muertos, pero con ese código cuasi genético de las energías de la memoria depositados o heredados al materializarse, o transformarse.
Es la única oportunidad que se tiene para enfrentar la pérdida (tu ausencia, el olvido de todo lo vivido sumergido para siempre en tu recuerdo).
Reconocer que la vida tiene que ser así, para que no te vuelques muerto en ella, aceptar la muerte de todo antes que nazca, vivir siempre estando muerto, morir siempre estando vivo. Luchar cómo un guerrero mítico (Tolteca) y descifrar al Dios de dioses: Tescatlipoca, “El Espejo Humeante”. Como si nos reflejara siempre para después desvanecernos suavemente, disipados en el humo retornado de lo que somos.
Qué somos, si no esa imagen convertida en humo? Algunas veces atrapados (como fotografías) en la imagen del otro, y del otro, y del otro, para así encerrarnos todos en “Comala” sin tener escapatoria.
Estamos muertos desde entonces, quizá somos parte y continuación de todos ellos, o de todos nosotros, siempre tratando de rescatarnos y de encontrarnos en esas búsquedas imaginarias cuándo nos repetimos en el otro ser igual a nosotros en su esencia. Tratar de aceptar(nos) en la vida “terrenal” o las construcciones monolíticas, entre las guerras y las festividades y una vez “aclopados” en ese rito de ritos que puede ser el amor; huir, escapar, escabullirse como el humo de copal en la ceremonia de la vida, y disiparse hacia lo más inalcanzable del cielo.
Pero oh desgracia! Aquí estamos, también somos de otros, y otros nos pertenecen, aquí estamos en este gran pueblo de fantasmas, entre los mundos “raros” de la racionalidad que persisten en hacernos olvidar de todos los muertos-vivos, con la lógica y la coherencia del universo físico, como si éste fuera el único siendo el principio tan sólo, de la revelación de todas nuestras criaturas hechas humo reflejado de lo que un día en ese intento de dioses quisimos atrapar.
Ver también crisis e identidad en categoría "General"
Por: Modesto Herrera González | General | Comentarios (2) | Referencias (0)
Pongo a disposición mi trabajo (poesía, crónica y narrativa entre otras). Pues bien aquí comienzo...
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