Domingo, 28 de octubre de 2007
Ese día fue de un viaje total y solitario, mientras lo único que quería era que pasaran las horas para ver a Diane en su “lugar”, tan extraño para mi como cercano a ella; después de darnos un tremendo toque nos fuimos al departamento de Mundo a seguir escuchando la música que nos platicaba y entre tragos de “Orange Crush” y el disco de It´s Only rock and Roll but I liked… pasaron las horas en un viaje en el que tres almas solitarias nos identificábamos con la misma soledad y el aislamiento; por mis oídos y mi cerebro solo sentía la música de Janis Joplin y su Mercedes benz.
Después de percatarme entre mi incipiente inglés y el viaje cómplice con la mota de que Mike no tenía nada que ver con Diane, me dispuse a su encuentro…Oh Dios mi vida! Mi sol, la luna que se balanceaba sobre la laguna de mis pensamientos, de mis terribles momentos anteriores al despertar a la iniciación del valeroso, del que no quería morir porque era demasiado joven como la canción de Jetro Thull y demasiado viejo para rocanrolear quizá cuando ya la música latinoamericana estaba haciendo casquillos de arena en toda mi filosofía narvartiana.
Llegué a su cuarto para ver si salíamos a algún lugar, en el metro por supuesto, o algún taxi esperando, pero ella tenía una botella de vino tinto de Los Reyes, el último vino tinto mexicano que hubiera deseado tomar, y un cuarto de queso fresco en ese buró en que el libro de Tarántula me repiqueteaba en mi cerebro como si fuera el símbolo de lo que estaba perdiendo y ganando: A Diane mi bruja, Diane mi sacerdotisa y que desnudos iniciamos el rito del amor y el erotismo en que el sexo era el conducto, el medio para trascender y rebasar lo cotidiano, la historia misma y hacerla regresar en esos besos que se quedarían detenidos en el ambiente ante la mirada cómplice de el único testigo: Layla como la canción de Erick Clapton, Layla la perra castrada que muda y silenciosa nos daba permiso para conjurar por primera vez al sol de las 11 de la noche.
Sus piernas se enredaron fabulosamente a mis espaldas, nos entregamos a un rito de sus antepasados vikingos, (como me había comentado antes) y Odin nos protegía mientras sus ojos azules, terriblemente azules me detendrían por todas las noches en que no estaríamos y tan solo recordaríamos ese momento de besos y caricias mudas, de iniciación, de sentirme hombre y sentir a la mujer que materializaba todas mis noches de Rock y de poesía y de rebeldía y de respuestas sin preguntas en el momento de caminar como si nada por las calles de una ciudad que cambiaba, como si no me percatara que los momentos se estaban diluyendo y Narvarte como pez silencioso se me escapaban de las manos, mientras Me and bobby Mc Gee se seguía escuchando en el beso y la venida cósmica que me permitió tocar sus nalgas como si fuera lo mas sublime del mundo, besarla toda, saber que nos comunicábamos con otras formas mas allá de la literatura o del lenguaje hablado, mas allá de nuestras propias realidades, ella desarraigada a gusto de las calles sinuosas y empinadas de San Francisco, yo olvidando Tajín y Rébsamen y Ciudad Universitaria y Villa Coapa y Vibraciones y mis amigos, tan solo ella y yo que nos desvanecíamos entre los cuerpos para tomar de vez en cuando un poco de ese vino amargo y corriente que nos sabía a gloría mientras el amor viajaba por nuestros cuerpos, ¿el amor? o ¿el rito? La iniciación de la aceptación de que en realidad era diferente igual, anónimo, extraviado en ese universo de ojos azules y senos rosados, de espalda perdida en la inmensidad de una metáfora que me compartía entre las calles de un México que no conocía y otra ciudad que nos había dado un “toque diferente”
Cuando ella me platicaba que era divorciada, de un “analista de sistemas” (System designer) oficio naciente por aquelllos años, escultora de chatarra antigua y viajaba por México para encontrar lo desconocido y estudiar pintura y ver a un amante millonario que lo único que le caía bien de el era los viajes y las comidas que le patrocinaba, me di cuenta que era el amor de mi vida, que no la debería dejar escapar. Hicimos el amor dos días seguidos, hablamos de tantas cosas que no me acuerdo, nos encerramos entre esas cuatro paredes durante 36 horas y solo comimos queso y tomamos vino y fumamos e hicimos el amor y me habló de Bob Dylan y su arte, me habló del ambiente de San Francisco y del sexo y de las ganas que quería seguir viviendo de esa forma y de la perra que la acompañaba como fiel compañera y que Mike le dio un poco de ternura y por Monterrey lo invitó a que siguieran juntos, de sus abuelos suecos, y sobre todo del Folk., era una fanática de la música Folk. Y Bob Dylan y los Byrds y Crosby, y entre besos y besos por sus piernas redondas y elásticas aprendía que el amor no tenía nada que ver con mis miedos, con mis timideces o mis envidias, me estaba preparando para no se que y decidimos entonces, después de una conversación entre mudos y ciegos y amorosos a la manera de Jaime Sabines y de Diane, a la manera de San Francisco y California, a la manera del centro de la ciudad y Narvarte y una casa que no me gustaba y mis estudios hechos añicos ante la magia de algo que no podía mas que sentir, decidí presentarla ante mis amigos, ante mi amigo exclusivamente como símbolo de todos ellos y es que entonces esa bruja blanca y no barbada, erótica y cachonda, dulce y majestuosa, me acompañó a Narvarte y llegamos a la casa de Aquiles mi amigo, mi igual, quería compartirle mi loco y desventurado amor, subversivo como los manteles cuadrados del café de San Ángel en que nos reunimos después de enseñarle las glorietas y la tienda y Xola y platicarle que en todas las ventanas Hey Jude se asomaba como si fuera una niña perdida y encantada por el momento de la búsqueda en todos nosotros y fuimos a la Peña del Cóndor con Aquiles para enseñarle otras cosas diferentes y me recordó que en San Francisco había cafés y mesas parecidas con las lamparitas tenues y esos manteles rojos y cuadrados y ella radiante y amorosa solicita y amigable con mi amigo atenta a mi, me reclamaba que ya era tiempo para dormir después de hacer el amor nuevamente antes de que emigrara a San Miguel Allende con la eterna promesa de que se quedaría conmigo si yo lo decidía y eh que no supe que hacer y después de recibir una postal de mi amorosa y hermosa bruja nos salimos a encontrarla después de un recorrido por el Bajío y Michoacán (que no es lo mismo?) y Antonio Machado y la noche estrellada en San José Purúa en que nos atascamos, mas bien se atascó el bocho de Aquiles y el viaje largo antes de encontrarla en San Miguel, pero nunca, nunca jamás a pesar de esa magia del encuentro con ese pueblo pintoresco la volvería a ver y quedé mutilado, nunca volví a ser el mismo, pasarían otros amores mas intensos , mas profundos, mas honestos mas aventurados, con mujeres mas hermosas, casi adolescentes a sus 18 años o a sus veintiuno, con mujeres mas experimentadas, con lagartas y Lolitas, con colegialas y amas de casa, con fantasías y fantasmas pero ella Diane sería el pez que siempre se resbalaría entre mis manos, el momento que me determinó, que me bautizó, la diosa de todos mis deseos, la respuestas de aquellas preguntas que con tan solo una mirada de ella podría seguir adelante sin que me contestara nada, solamente su mirada que se me quedaría grabada hasta estos momentos en que seguía buscando el hoyo negro, las singularidades de lo que alguna vez, cuando niño quise encontrar en una sala de cine, en una fuente mientras el bote flotaba y los pájaros cantaban ese himno a la vida que encontraría después en Diane y todas las canciones que me harían llorar después de veinte años, de treinta y el viento me lo recordaría incesantemente sin poder encontrar la respuesta.
Se había acabado ese momento en que pude soñar que todo podría ser diferente y las circunstancias otra vez las circunstancias me harían olvidarlo.
Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (0) | Referencias (0)
Pongo a disposición mi trabajo (poesía, crónica y narrativa entre otras). Pues bien aquí comienzo...
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