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La ciudad de los soles nocturnos

Domingo, 21 de octubre de 2007

Apuntes del capítulo 2 (Narvarte)

Un día recorrí todas las caras que habían
quedado grabadas en mi memoria
junto con las tripas de gato
una mesa de madera
un pequeño mundo encerrado en un cuarto
el ruido de Blind Faith encontrado
en Sargento Pimienta
los 18 años antes del “suceso”
la fantasía del espacio aislado
4 voces que aún no han dicho nada
500 poemas malgastados
La idea fugaz del suicidio
En fin: Marx
y todas sus consecuencias perdidas


En la Facultad conocí a varios compañeros y me haría amigo de algunos y estimaría a casi todos, yo siempre iba de saco y pantalón de mezclilla, más que todo por que era lo único que tenía y desde entonces ese iba a ser mi uniforme.

El primer amigo que tuve fue Jorge Luis Soler, un muchacho agradable y afectuoso, hijo de padres catalanes que había salido del Franco Inglés allá por la colonia Anzures (o Anáhuac) por donde el vivía también. Con Jorge Luis escucharía por primera vez Sargento Pimienta, a Blind Faith (un largo camino a casa me encantaba aunque por esos años no entendía nada de inglés) me pondría a Stephen Wolf y lo asociaría a Herman Hess, un libro que no “sentí” así como al grupo, habría sido asociación? Se me quedó grabado su cuarto quizá por que en ese tiempo no llegaba a un espacio propio, en el cuarto tenía un escritorio con un globo terráqueo encima (un mundito diría muchos años después en un poema que le había dedicado), tenía un disco de culto para el que me pareció increíble, de un grupo que solo había grabado un album: Feaber Tree o Three, pero mas adelante lo perderían mis amigos de la tienda. Jorge Luis también me había prestado El siglo de las Luces de Alejandro Carpentier.

El pasaje de Un día en la vida, retratando a un pequeño burgués por los Beatles (o por Lennon específicamente), se me quedaría grabado con Jorge Luis tocándola en las escaleras de la Facultad y su novia sentada a su lado mientras Roberto, Jaime y yo lo escuchábamos emocionados y en silencio.

Ese instante, como una fotografía, que quedaría fijado en mi memoria, en realidad era toda una historia, o representación sintetizada de los momentos mas trascendentes de mi estancia en la Facultad: 1968 y 1969, lo demás era una simple posdata como diría Octavio Paz de su ídem del Laberinto de la Soledad, o mas bien la continuación (paradójicamente ) abrupta de esos primeros años en que las personas eran mas importantes que los estudios y que en realidad también significaban la propia continuidad de un recinto universitario, un templo del saber y del conocimiento, de las batallas culturales, de las fiestas y los estudios, de lo exótico y lo diferente, de lo raro y lo poli cultural, en uno de los edificios mas pequeños de toda Ciudad Universitaria en que mis compaeros eran egresados (en su mayoría) de escuelas particulares así como las preparatorias 6 y 8 de la UNAM; y otros tantos de provincia, como yo, toda una sinfonía regional y disímbola que crisolizaba en el momento de captar los teoremas y los principios universales en que la inseguridad del estudiante no podía ser aceptada como entrada al recinto mas importante de las ciencias naturales.

Tomado de la mano de mis nuevos amigos con Jorge Luis a la cabeza, saltaba del Rock a la música clásica, de los nuevos escritores latinoamericanos al nuevo mundo de la política, del puerto de Bilbao y la ciudad de Barcelona, a la colonia del Valle y las Águilas; de Veracruz y Tierra Blanca a México e Israel y España, del nuevo sonido de California y Nueva York a los clásicos griegos y alemanes, de la poesía de Octavio Paz a los diálogos de Platón y los teoremas de los números Reales y las singularidades de la Variable Compleja y los tiempos relativos de la colonia Roma que a mis 16 años y un cigarro de mota no pude aguantar con el ritmo, tendría que venir Chicago meloso, y María Tersa, Paty y Silvia, Eugenia Montero y Beatriz con todos los apellidos, la pequeña Lulú y Diane, la bruja del encanto en un cuarto de hotel barato del centro cuatro años después para que pudiera reponerme del trancazo del 68 que no tenía que ver solamente, con los mítines y las asambleas de la facultad y las boteadas. Tenía que ser explicado en Intentos Cosmogónicos 10 o 12 años después cuando sentí que así tenía que ser la postura del poeta o de la poesía cuando en destellos nocturnos y de madrugada la cola del cometa de las metáforas me podía alcanzar para darle una razón inexistente a mi vida

Era tan difícil para mi el sentir ese “largo camino a casa” de Jerri García en la interpretación de Bilnd Faith en 1968 como todo lo que en continuos y discretos centelleos de vida me llegaban interrumpidamente a través de todos esos años que solo me quedaban esos grandes momentos de vacío para poder llenarlos con palabras y versos que explicaran lo que no tenía explicación: el sentimiento puro del largo camino para llegar a un hogar no construido por mi.

Bendito Beatles que negué todo de ellos para poder ver lo que otros no querían ver: la proximidad con un mundo tan lejano de nosotros mismos como cercano de nuestras fronteras que apenas unas decenas de años esa tierra perecía ser parte de un territorio que faltaba explorar como por explorar aún después de 500 años nos faltaba realizar para no segur “escondiendo ese sentimiento” de rechazo a lo que somos y de donde fuimos.

Es por eso que Jorge Luis a pesar de los años distantes tan remotos de estos otros en que recuerdo su presencia y mi aprendizaje junto con el de otros mundos que se fueron diluyendo en las cotidianidades y en la rutina de la burocracia universitaria por un lado y la vagancia pública por el otro, seguirá siendo mi queridísimo chamán del Rock y de la resonancia magnética y del amor a España y a la colonia Anzures y el reencuentro con la comida veracruzana, heredera de la criolla y la mediterránea, del Huachinango a la Veracruzana ( a la Vizcaína?) del potaje (la fabada?) los callos a la madrileña (el mondongo?) y muchas cosas mas que solo después de una buena comida y un buen vino con una taza de café y un par de cigarros o puros, pueden la plática de sobremesa justificar tanta desgracia arrastrada por nosotros mismos y olvidarnos de ella y de ellos, y recodar a todos como una oración a la hermandad que no a la amistad.

Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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