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La ciudad de los soles nocturnos

Sábado, 13 de octubre de 2007

Andrea, el pasón y los vasos de cartón

“Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces
jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos
se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran,
respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente,
mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes…”

Rayuela

Los recuerdos no dejaban de llegar intermitentemente, es como si me hubieran removido toda mi base de datos histórica en que los tiempos se intersectaban y llegaba información cruzada de aquellos años en que todavía era alguien con esperanzas de cambiar al mundo , o al menos al mío y la impotencia de tantas luchas solitarias, grupales, clandestinas, de otros, silenciosas, en el diván del psicoanálisis, en la cama, en los antros y el cabaret, en la escuela y en el trabajo, dando clases, todos esos momento de 30 años de existencia, se agrupaban en un solo instante que me traía mi conciencia de un lado a otro, amores perdidos y encontrados, lecturas vacuas y paradigmáticas, películas, obras de teatro, amistades, vecinos, colonias, ciudades y esta insistencia de querer ahondar en lo mas profundo, o mejor dicho, en lo imperceptible, en el momento en que quedé trastocado por la cultura, por la izquierda, por la brujería, por la ciencia, por la religión y sobre todo, por los momentos que me empujaban a albergar en mi casa guerrilleros, prostitutas, meseros, vecinos, amigas, poetas de fin de semana o de un amor incomprendido o de un solo amor, o que se yo.

EN el Rock o en la Literatura, ya habíamos encontrado a nuestro líderes, nuestros nuevos Mesías que en mensajes simbólicos, nos comentaban que las respuestas había que encontrarlas en otras partes que no fueran los libros o las buenas costumbres, había que revolcar todo, y la revolución se iba gestando en nuestras mentes por medio de las vísceras, del estomago a través de los oídos, caminábamos diferentes y la nostalgia o la melancolía también era parte de una postura de cambio, como el desmadre de una tocada o el proceso místico del pasón, del “toque” de un cigarro de marihuana para sentir mas los símbolos y que las palabras se transformasen en colores y notas musicales sin ninguna connotación para los que no entendíamos nada que no fuera el momento sublime de sentir a todo el universo en un segundo y alargarlo en ese escalofrío que recorría todo el cuerpo, el sudor frío que provocaba la cannabis y los momentos aletargados al que se prolongaban aún mas para no recordar nada al día siguiente y volver de nuevo a la rutina con la conciencia de que el mundo que estábamos pisando también era nuestro.

Al menos eso es lo que interpretábamos los cuates cuando nos dedicábamos a filosofar sobre el Rock y sus consecuencias en esas tardes de café en el que no necesariamente teníamos que hablar de mujeres o de Fútbol...

Definitivamente, cuando caminaba por las calles de Narvarte, Cuauhtemoc, Palenque, Tajín, Xola, Morena, Torres Adalid, Anaxágoras, Rébsamen, me sentía envuelto entre toda esta revolución silenciosa de la música, ver a chavos mas reventados que yo, con pantalones rojos o morados y blusas chillantes, colores sicodélicos, o los clásicos jeans, antaño pantalones de mezclilla, acampanados, vaqueros, etc. caminando despiertos, con sus zapatos de plataforma y sus sacos de terciopelo, al sonido de la ciudad, de las ideas, de los acontecimientos que se agrupaban y se desparramaban a la vez como una cascada de sentimientos y sensaciones que era difícil de atrapar por aquellos años y yo lo quería hacer en estos momentos.

Ver a las chicas con sus minifaldas o sus hots pans, caminar era todo un deleite que enriquecía más el cuadro que se estaba pintando en cada momento como un Happenning anterior al concepto del “Performance” de estos años. Mientras estuviéramos fuera de la casa, el mundo era nuestro, como lo era en la escuela con algunos maestros que entendían el cambio a través de las ideas de los más aventajados de la época, lo fresa se confundía con lo “pesado” y todos cohabitaban en ese espacio.

Pero tenía que seguir recordando y me puse a desempolvar mis discos viejos para acercarme a los momentos...

Volví a recordar a Andrea, mi novia fugaz de piel canela, pecosa, hermosa como recién salida de un magazín, sentados ambos en una banca del parque de Pilares, en una tarde de verano tranquila y fresca de aquellos años en que todo era novedad, ella de blanco con esa sensualidad que atrapaban unas piernas bien torneadas y sus besos que me sabían a sal de mar, sus manos tersas que se asían a las mías como si estuviera deteniendo el timón del motor fuera de borda en la lancha en que atravesábamos esos días de felicidad instantánea, dejándola ir por que sí, solamente porque sí, con su pelo corto y el fleco que la hacía resaltar sus ojos color miel con esa mirada que solo las mujeres que ya lo son, encierra todos los misterios que para un imberbe como yo no podía entender a sus 19 años. La vi un par de veces y después me la encontré en Poza Rica, de donde era, no pude hacer nada y era la segunda vez que tuve miedo del amor, de mi igual, aún no había leído el capítulo 7 de Rayuela en que Nogueira le decía a la Maga: "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca , voy dibujándola como si saliera de mi mano…", porque lo que mas recuerdo de ella son sus besos y sus labios jugosos pareciendo morder constantemente los dientes nítidos, perfectos, blancos como el coral, cárcel amorosa de su lengua que como hermoso molusco me atrapaba en sus tentáculos, como ventosas en que mi sangre era chupada por una criatura del crepúsculo. Pero el porque me acordaba de Andrea era por el tipo de música que estaba escuchando y los momentos se cruzaban en el presente, y me regresaban a una fiesta escondida por mi memoria por la calle de Esperanza en uno de los departamentos de un edificio viejo, nos decidimos a acompañar a Chuchín un amigo, a una fiesta que lo habían invitado, sin ganas y cansados de saber que las fresadas de los Bee Gees con Yo comencé la Broma, Palabras o el famoso Monny Monny de Tommy James y los Shondels, así como alguna canción de los Creadence, iban a estar tocándose y a nosotros como si nos aburría la música constantemente tocada por la radio, las cubitas en vaso de cartón, las caras de fastidio de los participantes hasta que alguien comenzara el rito del baile, la clásica postura de la chica que quería hacerse la interesante para después saber que no tenía nada que decir, pero he ahí que se encontraban un grupo de niñas que no encajaban en lo que estaba comentando y que resplandecían de todo lo que les rodeaba, sobresaliendo , para nosotros, y ahí estaba ella, mientras Morris Albert cantaba Feelings, con un vestido blanco, que después sabría que casi siempre se vestía de blanco porque era su color preferido, mirándome tímidamente, no precisamente como un ratón asustado sino porque ella misma sabía que no encajaba en ese lugar, menos que nosotros o las amigas con las que iba, sin embargo al mirarnos, nos quedamos como hipnotizados al sentir que nada más estábamos ella y yo, y contra mi costumbre por la timidez que siempre he tenido en el primer contacto o acercamiento con las mujeres, motivo de mis años de rechazo en la secundaria por las mujeres que me gustaban, me aproximé a ella para invitarla a bailar y no nos volvimos a separar en toda la noche. Me enamoré mientras los demás se habían borrado totalmente de nosotros; la fiesta aburrida de repente cobró aires de evento extraordinario, como si estuviéramos en la terraza del viejo hotel Mocambo, a la luz de la luna reflejándose en el mar y pintando de plata la estela de las olas que acariciaban la arena, como me acariciaba constantemente su mirada en ese pequeño escenario repetido de departamentos de clase media y burocrática de la colonia Narvarte. Nos hicimos novios sin ninguna pretensión que el querernos por unos días de verano en ese año de 1969 (o del 70?), unos cuantos días en que se me olvidaron las clases, los constantes regaños en la casa por el solo hecho de ser de esa generación (ahora lo entiendo), los amigos que no me esperaban en la tienda o el café, o los libros de matemáticas que tenía que atravesar. Me acuerdo de ella también porque creo que fue la única mujer que no quise hablarle de política, ni de literatura, clásico de las soberbias propias de la adolescencia y la juventud, solamente caminábamos y comprábamos de vez en cuando un helado o nos tomábamos una naranjada ella, un café yo, en alguna cafetería de la colonia del Valle cerca del parque de Pilares. Sin querer la comparaba con mis heroínas del cine en es entonces: Katherin Ross en el Graduado y Jaquelin Bisset con el pelo corto en la película de Bullit, la frescura era el ambiente que respiraba mientras caminaba con ella y le robaba un beso o una mirada llena de promesas que no pude realizar. Ella regresó a Poza Rica (de donde era) y solamente después la volví a ver, en su ambiente al llegar a esa ciudad petrolera, autodesterrado, desorientado al querer trabajar solamente por que no sabía en donde estaba parado ni a donde quería ir por la vida. Ya no fue mágico no la pude ver de nuevo, estaba en otro momento y su recuerdo era lejano y diferente en el momento de encontrarnos, sin embargo, juntos hubiéramos alargado esa historia de amor que nunca fue, Melody ya había pasado, “¿Quien era esa niña con su cara llorosa viendo por la ventana la lluvia"? Y como Del Shannon cantaba: "ella se fue y yo estaba caminando solo entre la lluvia preguntándome si iba a volver, en otros tiempos, otras voces, otras caras". La inocencia se estaba alejando y yo recreaba ese momento escuchando a Demis Rousos cantando Goodbye my love, Goddbye.

Continua...

Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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