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La ciudad de los soles nocturnos

Lunes, 01 de octubre de 2007

los amaneceres

Los amaneceres en la playa eran distintos cada día, y eso me provocaba una sensación de no hacer lo mismo, de constantemente cambiar mis rutinas...



La verdad es que las caminatas matinales en la playa, sintiendo la suave brisa fresca en un lugar predominantemente cálido, me hacían sentir vivo y sin dejar de pensar en los millones de seres que no podían reflexionar esos instantes por sus necesidades inmediatas para satisfacer su hambre en el mejor de los casos; me detuve a ver el despertar de un sol anaranjado en medio de jirones de nubes por donde se colaba su luminosidad sin que el calor llegara. Veía el mar frente a mis ojos, sentado en la barda que separaba a la playa de la acera y me quedé así unos minutos pensando en mis amigos que (no todos) envidiaban mi estancia en el puerto.



Me desembaracé de todos los pensamientos y continué mi caminata trotando hacia el otro extremo de la playa, iba vestido de gris, mi color preferido para el ejercicio; continué con el trote y la expulsión de las mucosas de mis pulmones debido a la cantidad de cigarrillos que consumía durante el día, pensando que era una forma de continuar (justificando) el crimen que le hacía a mi cuerpo en cada bocanada.

El día pintaba aparentemente igual con la única excepción de que era viernes, fuera de eso pensaba en el desayuno que me iba a preparar, y las líneas que le iba a robar a mi tedio después de la lectura de sobremesa.

Completé mi hora de ejercicio y me encaminé al departamento que se encontraba a una cuadra del mar. Comencé a revisar los insumos para el desayuno y limpiar los platos y vasos que había dejado sin lavar la noche anterior. Piqué jitomate, cebolla y un chile verde, serrano, coloqué agua y el café en la cafetera, y me fui a bañar para quitarme la arena y el sudor del cuerpo.



Una vez limpio y despejado encendí la cafetera, y comencé a cocinar los huevos a la mexicana, preparé la mesa y coloqué el libro que estaba leyendo: México ante Dios , en el atril improvisado con otro libro igual de grueso, y comencé el rito del desayuno y la lectura que se prolongaría hasta la segunda taza de café y los dos cigarrillos.

A la hora de estar leyendo las peripecias de Beatriz en su reclusión, la hermana de Don Valentín, que no dejaba de escupir la hiel que le llenaba su alma con las bajezas de los señores de la iglesia en los años de cuando Don Valentín Gómez Farías comenzó a despotricar contra los bienes de la iglesia, me comencé a inquietar por hacer otra cosa: escribir, mi dieta diaria de escritura. Me dispuse a levantar los platos sucios, lavarlos; despues opté por llevar mis angustias al estudio, abrí la computadora y me puse a escribir lo que había hecho durante la mañana, mientras pensaba como iba a terminar el relato sobre los años en que empecé a interesarme por la política como parte de mis necesidades existenciales en un mundo que me absorbía y me alejaba a veces de mis propios sueños.

Pasaron dos horas entre canciones de Joan Manuel Serrat y recuerdos bastante lejanos que me invitaban a seguir escuchándolo, no me encontraba en el momento que quería escribir, reflexionar sobre lo rápido que pasa el tiempo y nos hacemos viejos lentamente y paradójicamente, cuando nos percatamos que nuestra esencia, precisamente, se fue quedando entre batallas perdidas y no resueltas, olvidándonos rápidamente de las otras que ganábamos y rescatábamos nuestra parte de paraíso conquistado entre noches de amor y lecciones digeridas, logros diarios y otras circunstancias que se diluyen con los amigos y la gente que se cruza en nuestro camino…




Al ver como pasaban los días con una velocidad que me espantaba, sabía que tenía que terminar el libro que me propuse realizar en poco tiempo, pero ¡oh iluso de mi! Si apenas había recordado algunos pasajes que quería inventar, quitar de aquí ponerle allá, cuidar las formas para algunos de los amigos que se pudieran identificar en alguna parte del relato, no obstante, me resistía a contarlo todo. Sin embargo, mi principal tesis, al principio de este proyecto, era que uno de los personajes principales tenía que ser la Colonia Narvarte al lado de su hermana más amada: la del Valle y todo el Sur, de Viaducto hasta Tlalpan, terminando en Coyoacán, San Ángel, El Pedregal y Ajusco. El escenario era el acontecimiento que se desenvolvía en abanicos de momentos puntuales, cuánticos, con los personajes conocidos y anónimos, que fluían en un continuo espacio-tiempo Y lo paradójico del caso es que me encontraba lejos de ahí, tratando de encontrar un poco de concentración, alejarme de esos lugares que me marcaron dejando una huella de chilango clásico, peleándome con los tiempos y las inercias diferentes en una ciudad voluble: calurosa y lluviosa, con ráfagas de vientos, o brisa húmeda; con una ciudad distinta, criolla, antigua y moderna, sin fronteras, pero con islas de historia que eran burbujas de recuerdos en el presente y el pasado, parecían convivir en el instante del transcurrir, de la fiesta y de la cruda, del trabajo y la siesta diaria de las 3 de la tarde, tomar café en el Hotel Veracruz (Antes de transformarse en Sanborns), o la Parroquia del centro, ahora inexistente después de un litigio por el lugar, ocurrido hace varios años en que tuvo que emigrar al Malecón, eso sí, sin haber perdido su espíritu ni la presencia de sus parroquianos locales o foráneos.
Ahora las tardes de café eran en el ya viejo café Andrade del (mas viejo) Boulevard bordeando los rumbos del pasado lejano de la ciudad, o en alguna de las franquicias del Italian coffe en Plaza Palmas o Las Américas, ese centro comercial que me recordaba Perisur aunque todavía con un toque de provincia al igual que hace muchos años paseábamos por Plaza Satélite o Plaza Universidad, para ver los nuevos zócalos urbanos los templos de consumo y nuevo punto de reunión de las muchachas y muchachos.

Proseguía en mi cacería de estrellas…

Por: Modesto Herrera González | Crónica | Comentarios (0) | Referencias (0)

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