Lunes, 24 de septiembre de 2007
A Tabaré y Nacho...dos amigos de la música y la vida profunda
La canción Dust in the wind de Kansas, cuando la escuché por primera vez ya era parte de las preferidas de Radio Universal, es decir, “antigüita” quizá porque no me di cuenta cuando se puso de moda o estaba tan metido en la nostalgia que desde el principio me pareció nostálgica. Después me chocaba porque en todos los lugares que iba, y que se tocaba Rock clásico de los años 60 y 70, siempre era solicitada por un público al grupo en turno, que prejuicioso de mi, soberbio y desconocedor, no dejaba de pensar que eran retrógradas, desconocedores, nostálgicos sin esencia y no se que tantas pendejadas mas pasaban por mi mente al asociar sus gustos con algo que nunca había llegado a mi presente; siempre el pasado que por haberlo ignorado este nunca lo tuvo; mas bien sentía la canción anacrónica o atemporal, calificativos que pueden ser lo mismo para este fin y para muchos mas. Sin embargo hoy, que la escuchaba con gusto, apreciando la belleza de la melodía y el tono lloroso de los violines, tuve la nostalgia de los nostálgicos y de las mujeres aburridas que el fin de semana llenaban el Liverpool Pub o La Morsa o algún café cantante de los 90´s que tenían la peculiaridad de hacernos sentir plásticamente los grandes momentos de otra época (en la que dichos café nunca existieron), pero así eran las cosas en este juego de los recuerdos y las remembranzas por otros tiempos que nunca fueron como los representaban en los susodichos.
Había cosas rescatables con todo y los grupos que interpretaban a los Beatles (La Morsa por ejemplo, o ese grupo híbrido compuesto por elementos de Los Hooligans, Teen Tops, Loud Jets, Locos del Ritmo, etc.) y por otra parte, siempre escuchar música en vivo era un aliviane, no importaba que fuese Popotitos o La Chica Alborotada, o Presumida, o que se yo, siempre era un aliviane a pesar de que fueron canciones para llenar espacios de tiempo, de moda instantánea, lo que los gringos llamaban algo así como Trent, ni fade, ni fashion, solo Trent algo que no llega para quedarse pero que sin embargo se convierte en clásico por los cientos de relojes internos y descompasados que llevamos los capitalinos y los provincianos, regionalismos que se encuentran en un espacio reducido, vertical y multicultural, como los edificios de mas de 20 departamentos en los sesentas y setentas en la Col Narvarte sobre todo.
El Rock no me dejaba escribir mas allá de mis sueños sesenteros, parecía que todo él inundaba mis raíces y de repente me daba cuenta que la música visceral se había albergado en mi memoria como un quiste difícil de erradicar, un virus para estar de moda con la tecnología virtual, por mas que quería hacer llegar a mi esos momentos de grandes lecturas y pláticas reveladoras, fantasmas chamánicos o Guderjefianos, o de perdis a la Hermann Hess, solo el Rock se filtraba en mis recuerdos y esa música cantada que necesitaba que me la tradujesen o leerla en silencio para poder entenderla, la melodía, el ritmo, el bajo, las innovaciones de la guitarra y las voces, el sintetizador y los metales, la fusión del Jazz y lo autóctono, de la música de conservatorio con los ritmos callejeros y la poesía urbana, servían de recreaciones en las que recursivamente solo llamaban a la propia música y así saltaba del Rock al Pop del Rock al Jazz, del Rock al Blues, del Rock a Bach y Beethoven, del Rock a la música celta y los ritmos andinos y mesoamericanos, como trasfondo de mis ganas de aprehender todo lo que veían mis ojos y escuchaban mis oídos y sentía mi piel, el virus se había apoderado de mi memoria y no había mas que música, música sin que la ideología o el descubrimiento de las matemáticas y la poesía, de lo político y lo social, hicieran mella aparente en mi sistema.
Sobre Bach, que cosa más interesante que la Magnífica!, podría quedarme todo el día escuchando sus obras sin aburrirme, como la cantata 140 y era algo que en años pasados lo hacía con relativa frecuencia cuando me cansaba del Rock o de la música latinoamericana, o popular, entonces Bach resurgía para callar todas las voces presentes como un fantasma “real” (habrá fantasmas reales? ¿habrá fantasmas?), me dolía no saber alemán (o latín) para entender lo que decían muchas de sus obras corales como la Pasión según San Mateo o esta obra que escuchaba con singular deleite y no la ponía mas que una sola vez al mes para que no me aburriese y la siguiese deleitando como la primera vez muy independiente del estado de ánimo que tuviese en el momento del rito. Así ahora, de Dust in the wind a la Magnífica había un salto considerable, un salto del nahual le diría para describirlo con los relatos y aventuras de Carlos con su maestro Don Juan y su amigo Genaro.
Aquí JS Bach era para mí un brujo de brujos que no tenían nada que hacer los grandes chamanes del Rock o del Jazz, su genialidad era de otro mundo como la de muchos más que es imposible nombrar sin que alguno se me pueda olvidar. Para cada momento y estado de ánimo también había una pieza preferida, una obra o una epopeya como la novena de Beethoven o los conciertos para trompeta de Poursel o Teleman, el Réquiem de Mozart o el segundo concierto para piano de Brahms para los momentos tristes y románticos con ganas de arrancarse el corazón porque el amor de tu vida se ha ido, te ha abandonado y al menos ese concierto quedaba como anillo al dedo para el consuelo.
O si quisiera algo sublime siempre se encontraba la Stabat Mater de Pergolessi que nunca jamás escuchada como la primera vez que la oí en casa de Tabaré un amigo con un exquisito gusto musical, que lo mismo me ponía a Bola de Nieve o Toña la Negra que a Ravel y Debussy, pero escuchar a las voces que acompañaban al dolor de la madre por su hijo muerto, era una delicia que adornaba y daba vida a ese inmenso departamento en el Basurto de la colonia Condesa, en que el judas colocado sin querer en el caballito de cartón al lado de esos grandes macetales que permitía ver por instantes el parque México, la mesa del comedor repleta de revistas en francés y algunas colecciones de la familia Burrón, libros de historia y el periódico, la sala acogedora con esa mesita de madera que soportaba nuestros vicios de café, tequila y cigarros, los cuadros y litografías de Toledo y Cuevas, un tejido Huichol que provocaba toda mi envidia cuando me acordaba de mi modesto cuadro adornando la sala de mi pequeño departamento, el tapete de yute bajo la mesa de centro y la colección de mas de mil quinientos discos, perfectamente clasificados (y cuidados), me permitían gozar, lejos del ruido y muy arriba de la ciudad, esa voz con las plañideras y un violín sencillo haciendo compañía de una forma modesta como buena obra coral, en la que pocas veces brillaban otros instrumentos de la misma forma que la voz, mientras también Tabaré pacientemente me escuchaba con mis quejas de hombre abandonado por una de las primeras mujeres “machistas” “feministas”, en fin, mujer mujer, sin adjetivos o epítetos sexistas, se entretejía mi dolor con el dolor de la madre llorando por su hijo ausente, como yo por mi madre universal como si fuera una de mis Evas demianísticas y yo, pobre Sinclair, atorado en otra historia diferente, como si fuera en realidad Werther.
Tan fuerte me impactó la primera vez que escuché la Stabat Mater que cuando me despedí después de haber dejado mis impurezas en ese rito chamánico de la música y el amigo, de los objetos bien colocados al descuido, salí corriendo a comprar el disco y ese sí lo escuché una y otra vez hasta que se rayó totalmente
Y para entretejer la alegría del día o la noche, adornarla con pleonasmos nada mejor que el barroco y ese monstruo de la música llamado Vivaldi y toda su corte de aristócratas como Purcell, Scarlatti, Telemann, Haendel, Corelli, etc.
Y ya en el silencio de los “pensamientos en silencio” siempre me rescataba CODONA esa trinidad de individualidades que conjugaban las regiones mas diferentes del mundo a través del citar, las tablas, la trompeta y el Berimbau, y siempre la voz de Don Cherry y las de Naná Vasconcelos o Collin Walcott?) irrumpiendo en el diálogo de instrumentos divergentes que convergían solamente en el espíritu de la música el sincretismo se desenredaba en sus partes individuales y así la música oriental ayudaba a los ritmos africanos y los sonidos autóctonos de Brasil para dejarse hilvanar con los metales con tintes jazzísticos.
Como sea, eran estos los grandes paréntesis del Rock y la música latinoamericana, paréntesis que solo el silencio dominaba en el espacio y los pensamientos no podían perturbarlo para dar cabida a los sonidos magistrales y la voz casi onomatopéyica en Codona; momentos que alejaban los males espíritus con el proceso de “limpia” que tenía la música que purificaba uno a uno los poros de mi cuerpo y las paredes, los objetos y los papeles regados por mi cuarto, las palabras detenidas y sobre todo las sentimientos de pérdida y dolor, de tristeza y de ira. Todo se lo llevaban los sonidos que generaban tres brujos musicales para restablecer la paz, la serenidad o incrementarla, continuarla…
Por: Modesto Herrera González | General | Comentarios (0) | Referencias (0)
Pongo a disposición mi trabajo (poesía, crónica y narrativa entre otras). Pues bien aquí comienzo...
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