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La ciudad de los soles nocturnos

Lunes, 24 de septiembre de 2007

El diván

Solo, ante el psicoanálisis no puedo quedarme desnudo. Las fuerzas ocultas del oriente me lo impiden, el brujo blanco no lo puede captar, tendría que transformarse en Nahual. Así una sola parte de mi cuerpo podrá “ver”, la otra seguirá dormida hasta el encuentro de lo impredecible, del “azar” no visto como modelo.

Las fuerzas ocultas y escondidas (como las galeras en que los Sudaneses y Batúes se morían y eran arrojados al mar) no “explican” el Universo. El occidente ya está muerto desde hace varios siglos. Las demás palabras mágicas no pueden ser conjuradas con el sistema cartesiano, tendríamos que pensar en el anafre y la copra, en las cuentas tomadas para “hacer” el momento antes del sueño.

Pero tuvo razón de ser el fuego devorando tres naves enfrente de mi pueblo (cuatrocientos años después las mariposas emigraban hacia el sur).

Las dos partes nos hemos mirado como extraños sin saber que todas las etiquetas están sobremarcadas.

No nos percataremos de nada mientras alimentemos el sueño con canciones de cuna (para un pedazo de tierra que no es nuestra).

La gran mentira fue la sangre derramada por ellos en que la muerte y el parto se confundían hasta “sentir” que todo fue parte del mismo “entonces”. Entonces nos quedamos desnudos con la mitad de nuestros cuerpos que se entrelazaban vestidos de la otra parte olvidada.

El misterio fue una mentira que nos quitó el mirar y escondió la transparencia del cristal antiguo.

Un pájaro se aisló y voló sin gravedad ni atmósfera
no lo resolvimos y la madera con el fierro oxidado se pegó a la carne.

Mil quinientos años después la trampa se terminó de elaborar y hoy sigue vigente. Eso es todo.

Por: Modesto Herrera González | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

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