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La ciudad de los soles nocturnos

Domingo, 23 de septiembre de 2007

Notas sobre el capítulo de Hey Jude

Escuchar Hey Jude de nuevo me llegaba hasta el alma. Así era como tenía que escucharla para que los momentos mas insignificantes llegaran a mi memoria, solo aislado del mundo y remembrando mis caminatas de una calle larga y profunda como si fuera un viaje en el que solo estaba conversando con todos mis fantasmas. Un largo camino hacia el destino que me conducía a ninguna parte, a ningún momento que no fuesen todos que como calidoscopio se fragmentaban y se unían en miles de pedazos que significaban los instantes de saludos y miradas hacia el exterior: la calle, la bendita calle que me significaba, la calle que lejos de estar en el anonimato, parecía que en realidad me vestía de autos y personas, de casas y ventanas, de chavos y de chavas que a la luz de la tarde platicaban con el novio, jugaban “tochito” ,fútbol, o platicaban entre ellos de mil cosas insubstanciales que les iba a permitir crecer y vivir por esos días sin esperar ningún futuro, ni entender o sentir el pasado, solo el presente, mientras mis pasos me acompañaban enfundado en esa chamarra gris de pana, los pantalones de mezclilla, mi camisa roja encima de un cuello blanco de tortuga y mi sombrero de palma, tejano que me permitía distinguirme de todos, caminar era mi independencia, mi escenario, la Narvarte, mi destino: la tienda, la razón de ser quizá el olvidarme de las clases formales de la academia, de la ciencia y de la larga empresa hacia el futuro para ganar dinero, Husch, Husch, se entremezclaba con Hey Jude para recordarme que estaba pasando por la casa de Motita, la chava que había estado en un concierto de los Beatles a los 12 años en EUA, la chava que envidiaba por los amigos locos y reventados que tenía, asexual para mi pero con una carga inmensa de Rock y aliviane en esos ojos de pasada que tenía casi siempre alrededor de los chavos mas pirados que había visto en mi universo, mas que Raúl mi primo o Mundo el apocalíptico (así le llamaba de vez en cuando).

Las tardes de la cuadra con sus personajes eran los momentos mágicos del día, querer detenerlos casi siempre y prolongarlos por años hasta que todos esos especimenes hubieran desaparecido.

No iba a olvidar tan fácilmente mi traición a la cuadra cuando quise incorporar a mi novia de Matamoros a este universo y fui atrapado en una colonia mas cerca de la fresada de Corpus Cristhie, y desaparecía en nombre del amor por semanas para estar con ella sin darme cuenta que lo que quería era convencerla que la cuadra era mi universo, la vieja calle de Tajín y Cumbres. Rostros, lugares diversos de la geografía de México, costumbres entremezcladas con la mota y el Rock, con la canción chabacana de la radio, con los lugares remotos del Sur, del Norte o del Bajío, que se colaban en mis avatares de aprendiz de reventado.

Carlos Monsivais comentaba que al tratar de entender lo que pasaba, ya había pasado lo que había entendido y eso me estaba pasando, tratando de “atrapar el instante Kirsh” el instante insustancial que había llegado a mi memoria para quedarse y se encontraba detenido en el tiempo de lo que no había sido, pensarás que soy un soñador pero no creo ser el único, parafraseaba a John Lennon sin saber porqué, aunque bueno era un largo camino a casa el de regreso, el de Blind Faith parafraseando a Jerri García, o al revés?.

Un largo camino a la tienda era como el viaje que no necesitaba con la mota para llegarle a un mundo raro y sicodélico, un laberinto de identidades desconocidas entre sí a cada 100 metros que parecía que era el que podía integrarlas y solo para mí cobraban significado o continuidad en los pasos que no terminaban para llegar a la tienda.

Al verme Seferino, el ayudante de la tienda, inmediatamente destapó una coquita y me la ofreció para que me sirviese de compañía mientras mis cuates llegaban, y entre trago y trago, reclinado en el refrigerador, veía pasar a las niñas rumbo a la papelería, salir a las señoras del edificio de al lado, para ir al rosario de las 6 de la tarde, ver a Lourdes la novia del mudo (el apodo de uno de los dueños de la tienda) como se asomaba a la tienda, de su casa que estaba al otro lado de la calle sobre la misma acera. Carmelita, la morenita libanesa que salía acompañada con la empleada de la casa, que en ese entonces le llamaban sirvientas y a mi me causaba un escozor en el estómago cuando oía esa palabra.

Los cuates comenzaban a llegar para ver que estaba pasando en el mundo, nuestro mundo que se reducía a unas cuantas manzanas a la periferia de la tienda.

Los empleados y dueños de los comercios, la taquería, la panadería, la farmacia, la papelería, la tienda de cuadros, el salón de belleza, etc. no se encontraban en nuestros mundos, ni así los clientes a menos que ellos interactuaran de algún modo con nosotros, o la dependienta fuera bonita.

Llegaban otros cuates de otros grupos y que los saludábamos con la marca de nuestra banda, como si fuéramos los Warriors, pero en fin, así era y es Hey Jude, para toda una generación que atravesaba calles y calles entre Rumble Fish, Billy Jack, el movimiento, un toque de mota, los regaños de la familia, el reventón en alguna casa perdida de la Del Valle, el Makinoff de Raúl mi primo, el viaje por los hongos a Tuxtepec, un libro gastado por todos, Carmen mi vecina y sus piernas fantásticas, el regaño de mi padre y mi novia fresa al rescate entre trolebuses, helado y papelerías mas allá del colegio de monjas; la novia reventada y feminista 10 años después y “Un día en la vida” de los Beatles, que se yo, Los Monkeys o Los Ángeles Negros, al fin y al cabo todo eso era Hey Jude y Narvarte como vieja chimuela ahora que me chupó la sangre….


Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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