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La ciudad de los soles nocturnos

Domingo, 23 de septiembre de 2007

En la sala de poesía...

No supe como pasó, de repente me encontré platicando contigo sobre el amor y la poesía, algunos versos míos se tejieron con la terrible sencillez de otros versos más profundos...y Neruda comenzó el relato, destapó los oídos se llenó de metáforas silenciosas en mi cuarto e irrumpí con un vehemente deseo de leerte más, los versos de un capitán que anónimo conquistó geografías diferentes en un universo de política y contrastes, dentro de una tierra en que el amor era no fácil de encontrar por esos rumbos en que el odio entre hermanos ignoraba por momentos a la vasta legión de trovadores.

Me descubriste de igual forma el apego que sentías por la ausencia de ti, me hiciste cómplice de tu soledad y dialogamos en silencio y a distancia, entre compases de espera por una metáfora con otra. El secreto se compartió y la necesidad de ti se volcó con tu ausencia, con tu espera, ¿me percaté acaso de ese estado de éxtasis que provoca el hablar con un desconocido como si fuera el espejo mágico que devuelve lo que queremos escuchar?

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De repente a través de tu voz, tus respiraciones entrecortadas, tus suspiros velados, tu risa, me comencé a imaginarte y en cada verso que leía te fui construyendo en mis pensamientos, la intuición llegó en el momento mismo que llenaste un vacío en mi interior con tu sonrisa y así fue que comencé a quererte y conocerte, nos fuimos rescatando en las eternas búsquedas, de Orfeo, de Werther, de Dante y Ulises, perdidos entre los medios electrónicos que desmitificamos en esta dialéctica de soledades.

Revertimos el pasado de las letras y viajamos hacia un mundo de historias que entrelazaban nuestros deseos; la magia emergió como la mona lisa, con otra Gioconda latina, glamorosa y radiante, que encontró eco en nuestras ganas de abrazarnos, de tocarnos para sentir que a pesar de todo si éramos reales y no las voces distantes a miles de kilómetros, como si fuera ya la carta en el camino que escribió Neruda al regresar a Itaca en que su Penélope siempre lo esperaba.

No bastó el punto de encuentro en que las musas de una Safo ibérica, propiciaron el acontecimiento en una sala repleta de poetas y poesías que nos aturdían dulcemente y trastocaban nuestros sentidos hasta que nuestros mundos se alinearon en dos universos encerrados (polarizados) dentro de un hilo conductor e imaginario, y mas allá de los circuitos electrónicos, volvimos a nacer con la permanencia del instante, atemporal y definitivo que quedó marcado para siempre en un punto en que la geometría y las leyes de la física fueron absorbidas por nuestras propias leyes.

Las coordenadas entonces, fueron la magia y el poema, las variables determinadas por el erotismo y la necesidad de creer en los espejos; nos fueron invitando al cautiverio de las coplas y la melancolía, la desesperación de no tenernos y tenernos, de comenzar a extrañarnos antes de que nos conociéramos, de tocarnos sin tocarnos, de besarnos con nuestros pensamientos, y así el misterio cobró forma en el verbo en este universo real e imaginario de nuestro secreto amor...

Por: Modesto Herrera González | Poesía | Comentarios (0) | Referencias (0)

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