Sábado, 22 de septiembre de 2007
ültima parte de la primera parte
Tenía que aceptarme primero, debía rescatar lo perdido o lo desaparecido en medio de toda esta confusión en que me encontraba, arribando a un lugar que nunca me había pertenecido y sin embargo poco a poco me fui disfrazando de todos para desvanecer cualquier prestigio de tamarindos arrancados en el verano de las chicharras y ajolotes maduros, de las largas filas de los convoyes del ferrocarril transportando la caña de azúcar o las piñas nunca vistas jamás después de que el mismo ferrocarril y mi padre no podían ser lo mismo después del golpe del estado a la huelga del 58, diez años antes del otro golpe, con el repiqueteo de las calderas y los silbatos del almuerzo y la horchata con el trozo de hielo limpio y tonto ensuciado por una bola de soldados que habían ocupado el cine del sindicato. Quizá tenía que haber comenzado el relato con este principio, de ferrocarriles y petróleo para que lo siguieras leyendo en los libros, también tenia que contar la proximidad de la caña de azúcar y Rubén Jaramillo y el Artemio Cruz de Carlos Fuentes que nunca leíste y posiblemente realizar un pequeño intento cosmogónico en la Plaza de las Tres Culturas y la Universidad y Vasconcelos, o las declamaciones en la primaria, el canto a la bandera, pero voy demasiado rápido, porque se me olvida la era de la ingenuidad y los chacales, del explotador de obreros y de los Yaqui hace 60 años, de los académicos y de los ideólogos muertos prematuramente, de los místicos y los incomprendidos, de los afrancesados emuladores de la torre Eiffel y los masones y los contrarios y los fantasmas, también se me olvida aceptar las leyendas de los chaneques y la llorona de aparecidos y sacerdotes engañadores, sobre todo eso, de los engañados por uno y otro bando, y por todos nosotros que también de alguna forma fuimos engañados, porque después de este retroceso en mi relato tendré que convencerme que tú a pesar de todo fuiste engañada.
¡Cuantos planetas podían caber entre mis manos, cuantas estrellas aparecían entre mis dedos, o cometas que regresaban por la coyuntura de mis huesos tantas veces acariciados y manoseados por ti, cuantos lunares que crecían alrededor de tu vientre , cuantos viajeros que te comunicaban las peripecias de sus historias y la historia enfrascada en una botella con color de beso con el tamaño de las caricias veladas y olvidadas en la mañana desmitificando las sábanas y el sexo, de cosmos de gigantes y fantasmas y de peces presagiadotes de la nada! ¿Cuantas veces más que se olvidaron por esta pinche ¡Uy! Horrible vieja chimuela?
La luna se escondía entre las canas de la abuela al filo de la noche próxima enredándose entre sus cuentos de jinetes sin cabeza, gitanos y roba chicos, rancheros esquivando centellas, bolas de fuego entre las patas del caballo, sirenas de río, desnudas e impacientes a la espera de ellos, gatos encantados por la misma vieja que no tuvo hijas, ferias de pueblo en que mostraban, a la mujer lagarto, la mujer araña, la mujer con barba, a la mujer mujer, como si estas mismas mujeres, la madre, la amiga, la hermana, la amante, fueran especimenes de feria, de carrusel que gira hasta marearnos por dentro, y otra vez hasta llegar a la mujer come hombres, tragafuegos, la bruja quemada hace mil años, la adúltera apedreada hace, dos mil años, la amante asesinando a César, la maga desnudándose ella misma con todo el misterio científico de la nada y del relato entre tú y yo, Itxel y Afrodita intercambiando chismes, toda la nada entre Coatlicue y Xóchitl, la Malinche y Sócrates, auténtico culpable de la historia, la leyenda, el relato escondiendo a la verdad disfrazada por tu ausencia.
El filo del mediodía se alejaba tras las rejas de la casa, los ferrocarrileros cansados del sudor y abotagados de cerveza, regresaban atolondrados por el intenso de ese verano sofocante; el catre de las 4 de la tarde los esperaba impaciente con 3 o 4 novelas de Keith Luger o Marcial La fuente, entre ruidos de chiquillos desnudos y mocosos alrededor del pálido árbol de mango al centro del patio terroso, confundidos entre las gallinas y el totol engordándose para el año nuevo.
Yo me encontraba esperando el grito de mi madre para caminar cuatro o cinco calles al encuentro de la horchata con la jarra de peltre entre mis manos, quemándome mis dedos al regresar, era la hora de llegada de mi padre, la comida, los gestos agrios e indiferentes, su overol manchado de grasa por las calderas y el aliento a cerveza caliente y digestada.
Mis hermanos brillaban por su ausencia mientras detenía la imagen de los almendros del parque, la imagen de las cinco de la tarde cuando podíamos rescatar los tamarindos en un lugar más alto del panteón, atrapar libélulas y jugar a la pelota, no había vientos todavía para comenzar a preparar los papalotes con el clásico almidón calentándose con agua en la estufa de barro. Era la época de las buganvillas y los mangos, de las chicharra y los caballitos del diablo, del despertar al sexo a los cinco años y de las mujeres gordas abanicándose en los gastados sillones de mimbre en las afueras de su casa, era la hora de esperar la llegada del autobús de las cinco y media que traía el “Novedades” y de caminar a otras tantas calles para detenerme a la caída de las almendras maduras para leer cientos de palabras incomprensibles para mi mundo, la hora del desarrollo “intelectual” antes de la treintena de años a cuestas de mis hombros.
Además se encontraba la música siempre la música que me respaldaba en cualquier vestigio de mi niñez (y adolescencia) la música que salía de los billares o las cantinas, de las tardeadas que se hacían en la casa en la época de vacaciones cuando ellos regresaban de Veracruz o México, música de los Hermanos Silva, de Glenn Miller, de Acerina y su danzonera, de Pedro Infante recientemente muerto y todas esas pendejadas que fueron grabándose en mi cabeza hasta el momento de escuchar mezcladamente a Silvio Rodriguez, posiblemente otro cartabón, otro cliché mas en mi vida desde que te perdí en las islas de ciudad universitaria
¿Habría necesidad de tanta prisa para que tan solo hubiera dos o tres cosas interesantes en mi vida?
Una de las cuales se había esfumado de repente casi como llegara en una noche de Bob Marley y Chico Buarque, de Pablo Milanes y vino tinto barato, de un poco de mota y algunos amigos perdidos en el fondo de la calle ya famosa de Sullivan a unos cientos de pesos la hora… solo las palabras se quedaron en el techo después de que te fuiste, obsesión, obsesión, incólume obsesión impenetrable como una pompa de jabón en mis sueños de pubertad a la forma de “las buenas conciencias” de Fuentes, o una noche de domingo dando vueltas como los gatos para ver si se podía comprar la presa femenina como cualquier postor para indicarme los límites de mi clase.
El hoy y el ayer se confundían en este futuro prometedor y cachondero lleno de cuadros ficticios en una exposición para idiotas en la que yo era el maestro de ceremonias, futuro chaquetero y que la grasa se acumulaba con una cultura supuestamente disidente desde hace 33 años que atosigaba y atosigaba hasta llegar a la reducción al absurdo con todo un cuerpo de axiomas que no necesitaban demostración, entretejiendo las leyes de este universo de sinfonías maravillosas y contradicciones donde surgirían las grandes “verdades universales”, paradigmas científicos que encontraban eco en las diversas escuelas de economía que solo servían para recordarnos que también por ahí te habías colado en una trampa engañosa de la que nunca jamás nos ibas a poder rescatar.
Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (1) | Referencias (0)
He estado leyendo tus nararativas que padres estan, ademas de traerme varios recuerdo
Mi estimado Modesto te mando muchos saludos Que Dios te bendiga hermano
JERONIMO GARCIA ZUÑIGA | 12-06-2008 00:09:36
Pongo a disposición mi trabajo (poesía, crónica y narrativa entre otras). Pues bien aquí comienzo...
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