Sábado, 22 de septiembre de 2007
Tenía 8 años y medio cuando llegué por primera vez a México y lo que guardo fuertemente en mis recuerdos de esos días son los jueves de mercado en Santa Cruz, un pueblito olvidado por el crecimiento tan rápido de la Colonia del Valle, los juegos entre azoteas y estacionamientos de edificios que me parecían gigantescos monstruos verticales que devoraban todo tipo de gente, la más rara que hubieran visto mis escasos años, los grandes lotes baldíos, que ocupaban a veces toda una manzana, por esos años en que los pepenadotes se almorzaban los grillos que recolectaban en las mañanas.
En esos días escuchaba por la radio una inminente guerra de los gringos contra Cuba, ¡Cuba!, estaba tan lejos para mi, como lejos podían encontrarse mis juegos de años anteriores en los grandes mangales de Tierra Blanca que encerraban la poza, el charco de agua donde nos empeñábamos a capturar, con pequeñas botellas de perfume, a los guarazapos y los pececillos de colores silvestres, mientras las mariposas y chicharras del mes de mayo inundaban el espacio con sus colores y sonidos que constantemente repiquetearían en mi conciencia dormida cuando atravesaba tantos lotes baldíos en la colonia del Valle y ahora que estaba tan lejos del tiempo como de cerca de mi memoria, me daba cuenta que dentro de ese departamento toda la familia quería defenderse de la urbe, aún provinciana para el mundo, con las gordas y las picadas en el desayuno, el caldo de pescado cada semana y las canciones de Julio Jaramillo, las constantes visitas de amistades de la tierra, con las cajas de cartón, repletas de mangos verdes , nanches, plátanos machos, los viernes jaraneros que desvelaban a todos los vecinos. Pero la realidad y la supervivencia no perdonaban, las imágenes de mi escuela rodeada de platanales y ramajes en que fácilmente anidaban las arañas y los grillos, así como los burros arrancando el pasto verde vestido casi siempre de lluvia fresca, se iban desvaneciendo en otra escuela rodeada de avenidas que arrojaban al salón de clases los ruidos de autobuses (Del Valle y Coyoacán 20 de noviembre) y el tranvía “Valle”, los compañeros cantaba La Plaga y en vez de las frutas y los plátanos hervidos en el recreo, se consumían chicharrones sintéticos con una salsa roja que me recordaba la sangre de un perro sarnoso.
Hoy no es ayer, es cierto, como hoy tampoco estás al lado de mis propias reminiscencias mentales, como posiblemente nunca estuviste conmigo en ninguna ocasión, proyectándote holográficamente en mi realidad haciendo realidad tu sueño cuando leías a Mandrake en las tiras dominicales hace 10 años, o 5 años más tarde cuando leías a Lobsang Rampa sintiéndote monje tibetana. Fuiste el pez que se había inventado sin mi ayuda. Que lejos estaba el alivianado de 30 años en tu vida, pero además que lejos se encontraba él de esa palabra que se convirtió poco a poco en un espejo ficticio o imaginario, saliendo de alguna calle por donde caminaba a la una de la mañana después de una fiesta en algún lugar de Narvarte, pensando que había inventado el Rock, el sexo o precisamente a nosotros mismos.
Yo seguía pensando que en aquel domingo cachondón y diurno después de haber escuchado Sargento Pimienta con esos lamentos de estudiante putañero que ya se le habían ido los años de escaleras y guitarras por la facultad, me habías entendido mujer blanca, fonética maga diosa perdida o inventada en el mejor de los casos por mis propias necesidades anarquistas, distintas a las de tus nuevos amigos urbanistas. Era cierto que el amor era una cosa que te calentaba las manos como la papa caliente de la conciencia o el mismo atracón de sexo y magia que pasó para nunca quedarse entre nosotros.
La ciudad había cambiado se dejaba ver el paso del modelo económico y la idiosincrasia del político metamorfoseado por la moda de una cultura incomprensible para él mismo (¿o que acaso habían tenido alguna información del mundo que no fuera la de Cicerón o el mismo Descartes semileído?)
Los lugares de la ciudad estaban, como hasta ahora, perfectamente delimitados entre avenidas y barracas que se fueron lentamente alargando a su periferia o mejor dicho: ensanchándose. Otra vez los círculos como las viejas y otroras inexistentes glorietas del sur de entonces, clasemediero y putañero, revuelto y arribista rocanrolero y agringado y después afrancesado, “Asorbonado”. Escuela para los hijos de la sirvienta y colegios como el México o el Simón Bolívar, o el Franco Español para los futuros administradores de nuestra querida ciudad con sus habitantes entrelazados por los medios de comunicación heredados por el gran cachorro de la revolución a su queridísimo hijo y otros prestanombres.
Quizá haya pasado de largo en todos estos años que crecieron y desaparecían a la vez, mis cabellos. Urbanizando un paisaje incomprensible para todos, atrapados en la inercia de los trolebuses y los escasos cocodrilos de las películas del Santo y Fernando casanova, los zapatos de gamuza gris y pantalón de casimir, los sábados antes del 68, las canciones de Paul Anka y Enrique Guzmán, el mambo en las fiestas de Tacuba y el danzón en la Prohogar, asi también, una fiesta en el Riviera, de la comunidad Chiapaneca con todas esas tehuanas hermosamente coladas por la proximidad de su estado, en pleno corazón del Sur entre glorietas y vasos comunicantes. Noches mágicas de concreto en la que se colaban los sonidos de otra noche idéntica de grillos y chicharras, de estrellas imaginadas por el ron y la cerveza, caminitos de oscuridad, de culebras y mapaches, de armadillos y conejos atrapados, mientras afuera todo era nada, esa nada que no se representaba en un baile anual ni en un provinciano de fin de semana.
Ella estaba lejos y mis recuerdos afloraban para encontrar el punto de partida antes del comienzo.
Todavía estaban cerca de mi los días que salía desesperado de mi casa a la entrega del mundo caminando por las ya viejas calles de Tajín, mientras la música de Hey Jude, salía de cualquier ventana, caminaba una cuadra larga antes de llegar a la tienda de “Cumbres” con Hey Jude terminándose y la coquita calentándose entre mis manos, como si estuviera deteniendo a todo el mundo. El 68 era una sacudida que no entendía y los Doors y Led Zeppelín, antes que Gabino Palomares e Intillimani me estaban ayudando a comprenderlo (han pasado 30 años y sigo igual, después he comprendido que la poesía en realidad llegó a combatir en las calles y las aulas entre tanta metáfora lírica, sin academias, desnuda…)
Como extrañaba aquellas tocadas con el conjunto de Ventura mi cuate de la prepa 6, acompañándome con música de fondo de Atlántida de Donovan mientras recitaba: “mentes vacías, pensar sin estar pensando, que se puede decir de lo que es, no es posible saber más que poder, seguir queriendo aprender cuando no es posible saber, universos paralelos en los mismos universos, gente que quiere cambiar sin saber que su cambio es anacrónico… " ante un puñado de personas desconocidas y anónimas como anónima era mi ríspida e incipiente poesía emergida del rechazo estúpido e incongruente, en esos tiempos, hacia la marihuana y los hongos y ese temor de ver a Dios descubierto después de haberse dado un toque, con Adán y sobre todo por Eva, ese dios que inventa el complejo de Edipo antes que Freud o mi propio analista metiéndome la idea de que mi desesperación por no verte era la ausencia de mi madre, como si fuera Manuel Acuña, escribiéndole a Rosario en donde "las sombras de mi madre se pierden en la nada para que tu de nuevo vuelvas a aparecer…" ¡ilógico!, como ilógico fueron todos esos días a pesar de estar acartonados por la clase mas heterogénea y mediatizada que el sistema pudo haber creado por sus propias chaquetas mentales…
El amor era Jim Morrison con mi novia fresa de La Florida cuando lo olvidaba bailando en alguna casa del Pedregal al ritmo de “Enciende mi fuego” para un estúpido beso calentado por unas manos demasiado sudadas.
Me abandoné sin querer, sin haber aprendido el juego, me reía de todos, de quienes leían a Demian o Sidartha, o el Retorno de los Brujos, cuando ya había encontrado en Rayuela a Ernesto Nogueira y su maga en los barrios viejos de Paris, de aquel Paris que tanto te quitarían tus sueños de maestría y doctorado, sin embargo ya estaba muerto el Ché Guevara que tenías pegado en tu cuarto, Lucio Cabaas estaba matando no precisamente cristianos en la sierra, Heberto Castillo se encontraba en la cárcel junto con Revueltas y decenas de estudiantes, a los que tanto había escuchado en las asambleas de Ciencias en ese año mágico y misterioso que cambiaría la vida de muchos incluyendo la tuya en la Ibero.
El mundo después de todo no era redondo y siempre un pájaro era la metáfora del enlace.
continua...
Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (0) | Referencias (0)
Pongo a disposición mi trabajo (poesía, crónica y narrativa entre otras). Pues bien aquí comienzo...
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