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La ciudad de los soles nocturnos

Sábado, 22 de septiembre de 2007

Narvarte (II)

Segunda parte de la introducción


Han pasado varios años, desde que una noche inundaste sin querer, este espacio con estrellas y pájaros de media noche; aún las palabras cuelgan desde entonces, eras alguien que quería aprender demasiado rápido, parecía que no tenías tiempo, pero yo todavía no lo podía asimilar a pesar de que el mensaje lo portabas en esa noche de desvelo constante entre Pablo Milanés, Chico Buarque, Keith Jarret y Pink Floid, algunas visitas ocasionales de amigos a la una de la mañana, un poema leído de Jaime Sabines y una larga e interminable plática que parece detenerse por estos días y que me resisto a poder comprender, entender y por lo tanto aceptarlo.

En ese preciso momento en que la magia se apodera de este espacio (y por ende de nosotros), como si todos esos pequeños elementos circunstanciales la hubieran conjurado, me di cuenta que te iba a amar, pensando que el tiempo se iba a detener para nosotros.

Te convencí de que tu también podías amarme, derrumbé las murallas de una búsqueda que no encontraba eco en mí, me percaté de tu ingenua capacidad de influenciarte, tu descontrol por un mundo más real que el de tu casa o el de tu escuela; eras un barco sin vela que apuntase a una dirección de fondo, podías encallar en algún banco de arenas movedizas o en cualquier paraíso interior, pero en ti se había depositado la semilla de la verdad con todas las contradicciones que te rodeaban por esos tiempos en que tan solo bastaba pronunciar tu nombre para que el conjuro del amor se hiciese realidad en mis pensamientos y me bañara todo mi cuerpo.

Pero no fue un encuentro casual sin que los preparáramos tú o yo, este se gestó durante varios meses anteriores, con los hilos del inconciente haciendo estragos en nuestros pensamientos como cascadas que se depositaban en Yosemite y de alguna forma se iba suavemente apoderando de todo tu cuerpo, a pesar del miedo que sentías.

Miedo de mi edad, de mi mundo, de mi aparente desidia, de mis ganas locas de vivir, de mi universo común y corriente, de mis gustos prototipizados por las mujeres de magazín, miedo de mi machismo, de mis amigos. Pero todos esos miedos eran reflejo de uno más importante, el principal que en estos momentos se ha apoderado de ti: el miedo a amar.
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Sentir este desgarramiento por dentro de la ausencia, de lo que pudo haber sido el alimento de los dioses que te exigen el sacrificio permanente de la sangre cósmica, la contemplación de la diosa con la cabellera de plata en donde las estrellas se prenden a su pelo y todos los árboles del mundo son asemejados por sus largos dedos como ramas que prolongaban todas mis ansiedades detenidas en el instante de quedarme inmóvil, ante sus caricias. Ahora ella no se encontraba y me hacía recordar, regresar hasta mis orígenes urbanos para poder aceptar la pérdida, la ausencia, la expiación de todos mis pecados, los celos, la posesión, la obsesión sexual, el haberme convertido en la criatura única, adorador de la diosa verde con su cabellera de plata, el cazador de estrellas para después prendérselas en su larga cabellera como flores cósmicas. Me había convertido en un cazador solitario, mis amigos no lo podían comprender - ¿Qué es lo que te empuja a proseguir en un cortejo fúnebre?- todo mi acto de amor se les hacía ilógico, pero ni ella mi diosa de plata y esmeraldas lo entendía…

continua...

Por: Modesto Herrera González | Narrativa | Comentarios (0) | Referencias (0)

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